Con Pelo en la Lengua

The Police en Argentina: Policías, rocanrol y sanguches

Hoy voy a contarles una historia, una serie de eventos que suelen recrearse entre la historia oficial y la leyenda incomprobable, y que tuve la fortuna de vivir personalmente. Estamos en 1980, y para los artistas internacionales Argentina todavía era un exótico país del fin del mundo. Y, de pronto, anunciaron la llegada de The Police, una banda que estaba generando una revolución en el rock, aunque en nuestros países recién era conocida por la reducida prensa especializada de la época.

El trío estaba en plena transición a la popularidad global, para lo cual se embarcaron en una verdadera gira mundial que recorrió 6 continentes entre 1979 y 1980, llegando a muchos países en los que nunca habían visto un grupo de rock. Además, tomaron imágenes del tour para el primer video oficial del grupo, que se titularía “The Police Around The World”.

Luego de arduas negociaciones -ellos no tenían ganas de “bajar” a Sudamérica- se arreglaron tres conciertos. Entre los promotores locales estaba un joven Daniel Grinbak (luego trajo a The Rolling Stones) y también los dueños de New York City, una gran discoteca ubicada en uno de los barrios residenciales de esta capital, que se inauguraría formalmente con la banda. Además de la disco, se programó un concierto en el estadio Obras, también en Buenos Aires y, el último, en el teatro Radio City en la ciudad de Mar del Plata.

Así fue que The Police, la banda que haría historia, debutaba en Argentina el caluroso atardecer del domingo 14 de diciembre, en la hora favorita de los suicidas, inaugurando una discoteca en el barrio porteño de Villa Urquiza. En esa matiné había unas 700 personas y unos pocos periodistas embobados. Entre el público había varios jóvenes fans de la banda, como Gustavo Cerati y Zeta Bosio, que vivían a unas cuadras de la disco.

El trío se ubicó al fondo del local, donde estaba una pretenciosa escenografía tipo edificios con lucecitas. Dieron un show bueno, pero frío, como para cumplir ante una audiencia notoriamente desinteresada: ¡Yo no lo podía creer! Había escuchado los discos que llegaban importados hasta gastarlos y ahí estaban ellos, separados de nosotros apenas un par de metros.

El lunes siguiente fuimos a la disco para un breve encuentro con la prensa. En esa época, las discográficas no les daban bola a los artistas como ahora, dejándolos librados a su suerte. Llegaron con su manager, Miles Copeland, hermano del batero, y dos gigantes. Se sentaron y empezaron a hojear las revistas que les habíamos acercado. Caracúlicos totales. Hacían comentarios sobre la ausencia de alguien de la producción o el sello, no había ni un vaso de agua.

Entonces juntaron cabezas y acordaron algo que le murmuraron a uno de los guardias. El tipo asintió y salió del local, y como no pasaba nada, varios de nosotros lo seguimos hasta la puerta. Cruzó la avenida frente al boliche y se metió en un típico barcito, vimos que hablaba y gesticulaba ostentosamente. Un rato después, regresó con un paquete y una gaseosa de litro. Ahí nomás, el trío más mentado largó las revistas y se tiró de cabeza en el paquete que tenía tres grandes sanguches de jamón cocido y queso en pan francés. Entre la sorpresa y la risa, pudimos hacerles algunas preguntas que tradujo un colega periodista.

Y llegó el show de Obras, donde se acabó la frialdad y fuimos testigos de una demoledora sesión de rock moderno. Nunca voy a poder olvidar como Sting nos llevó a un estado semejante de excitación colectiva, hubo momentos en los que pensé: “esto va a terminar mal, vamos a romper todo”. Entonces, otra vez, todo se salió de eje…

En esa época, con la dictadura militar en el poder, era común que la policía estuviera dentro de los teatros y estadios, y te apretara si te parabas o estabas “muy excitado”. Delante de todo, una chica del público “se excitó” demasiado, y un cana se le echó encima. Entonces, el guitarrista Andy Summers, que vio lo que sucedía, desde el borde del escenario le dio una suave patada al poli, que no podía creer lo que estaba pasando.

Se pudrió todo. El productor Grinbank entre bambalinas se agarraba la peluca y no paraba de repetir que cuando terminara el show, Andy iba a pasar las navidades en una cárcel argentina. La policía llevándose preso a un Police, ironías de la vida…

Terminó el show, el trío se metió en el camarín, expectante. Apareció un oficial con un par más de policías que fueron directo a donde Andy estaba sentado, pálido como un mármol. Hubo disculpas de los managers, de Andy y también alguna “cortesía” para la cooperadora policial. Finalmente, se fueron y todos resoplaron aliviados.

Por último, Mar del Plata fue un trámite y sólo quedó en el recuerdo la imagen del trío montando tres petisos en un campo de la ciudad costera, digno final para una visita plena de emociones.

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1 comentario

Leonardo julio 4, 2024 at 10:23 am

The Police, marcó la ruta para lo que se estaba gestando en esta parte del mundo en aquellos días. La formación de trío y el sonido de la guitarra, es un sello inequívoco de lo perecedero de la banda llego a ser. Buen relato, quedé con ganas de más detalles de esta foto del Bs As de los 80.

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